Susto o Alegría

Publicado en por CALUFA Blog

 

Durante mi infancia experimenté un susto provocado por una travesura que luego desencadenó en alegría. Esta marcó mi vida y me hizo tomar una mayor conciencia de mis actos, pues aprendí que toda acción tiene una consecuencia y que no hay aventura que valga la pena arriesgar la vida.

Era una mañana de un día de verano cuando mi abuelo regresó de hacer unos mandados y parqueó su carro frente al taller de su casa y por descuido lo dejó encendido y con la puerta abierta. Yo era un niño de seis años, fiel fanático de los autos de carreras; en ese momento vivía rodeado por un mundo de suspenso y acción, lo cual me motivaba a buscar en cualquier lugar una situación que pudiera ser emocionante, y para mi fortuna, el descuido de mi abuelo resultó ser la mayor aventura de suspenso que tuve, pero en realidad terminó siendo un susto que nunca olvidaré.

Mientras mi abuelo se disponía a revisar el motor de uno de sus tractores, yo entré al auto y empecé a jugar con el volante, simulando una carrera real; en medio de esa emoción, no me percaté cuando solté el freno de mano que mantenía al carro estático, pues se encontraba en una bajada. De inmediato, el auto empezó a moverse, para mí fue el momento más emocionante pues tenía el control sobre el vehículo; sin embargo no había avanzado unos cuantos metros cuando me percaté que un muro de piedra estaba cercano y en mi inmadurez y poca respuesta ante la situación, no hacía más que mover el volante de un lado a otro, no logrando más que conducir el auto sin control de un extremo a otro. Mi abuelo al percatarse de lo sucedido, corrió hacia el carro y en cuestión de segundos lo pudo frenar, me tomó del brazo muy enojado y me reprendió fuertemente por lo sucedido.

La experiencia de estar frente a una situación peligrosa y el enfrentarme luego a la furia de mi abuelo, más que un doble susto fue una alegría, porque luego del percance me sentí seguro y lejos del peligro, y ningún regaño podía cambiar ese sentimiento, no obstante en mi interior sabía lo que había hecho, y que era merecedor de las consecuencias.

Desde ese instante aprendí a tomar mis acciones con mayor responsabilidad y prudencia, pues no siempre lo que resulta divertido o emocionante me conviene; es por ello que ahora lo pienso dos veces antes de experimentar algo sin evaluar las posibles consecuencias que esto puede traer.

 

Asdrúbal Mayorga L.

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